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Audaz y conmovedora mirada a La tierra del nunca jamás

Miguel Darío García Porto , 15 Feb 2019 - 8:29am

Cuando uno llega a cualquier galería y sabe que el artista aborda como temática una personalidad histórica o simplemente la relectura o reinterpretación de acontecimientos acaecidos dentro de la Historia de Cuba, de por sí va predispuesto a pensar que es uno más que utiliza estos asuntos para visibilizar su creación y mucho más, si conoce que se trata de un joven creador.

Sin embargo, fue sorprendente llegar hasta la Galería Habana que exhibió entre diciembre de 2018 y enero de 2019, la muestra La tierra del nunca jamás, del joven artista Fernando Reyna Escalona que contó con la perspicaz y sutil curaduría de Meira Marrero.

El título mismo de la exposición nos sugiere claros nexos con la obra del escritor inglés James M. Barry titulada “Peter Pan y Wendy”, escrita en 1911 y que generó varias versiones cinematográficas como la película de Walt Disney de 1953.

Aunque su repercusión en la historia no solo se ha circunscrito al séptimo arte, pues la insólita y extravagante propiedad arquitectónica del Rey del Pop, Michael Jackson, también se apropió de este nombre al llamarse: Neverland (El país de nunca jamás), punto clave en la presente muestra.

Pero la exposición no solo está ligada íntimamente a estos hechos culturales, sino también a una terrible historia sucedida en nuestro país, entre el 26 de diciembre de 1960 y el 23 de octubre de 1962: la Operación Peter Pan, que pareció un espontáneo proceso migratorio, pero en realidad era una maniobra coordinada entre el Gobierno de los Estados Unidos, la Iglesia católica y los cubanos que se encontraban en el exilio, por la cual más de 14 048 niños fueron llevados de Cuba a los Estados Unidos.

La operación fue diseñada para transportar a los niños de padres cubanos preocupados por una falaz propaganda que pregonaba la pérdida en Cuba del derecho a la patria potestad.

Sobre este suceso Reyna nos llama a meditar y aprehender sobre el dolor del desarraigo, de la perdida de la identidad, de la cruel separación entre padres e hijos, que hoy nos recuerda lo vivido entre la frontera de México y los Estados Unidos, en la que cientos de infantes están separados de sus progenitores.

Y esa reflexión no es solo del hecho pasado, sino que el artista le otorga una carga autorreferencial, pues él también es padre y desde esa emotividad se compromete con el presente y el futuro cuando aborda problemas desde esta perspectiva histórica.

La muestra del artista Fernando Reyna, desde la entrada a la galería nos emplaza y nos impugna en buena lid con “Deja vu”, una alfombra de terracota que no nos recibe, sino que nos despide con su rótulo “Goodbye”, y que el visitante pisó hasta fragmentarla.

Otra de las piezas “Sacrificio”, es todo un elocuente calvario de lo que vivieron y viven los niños separados de sus padres, pues el artista emplea con maestría la fragilidad del barro para sugerir en esta instalación una relación dolorosa entre un niño que intenta levantar sus brazos, delante de una cruz de madera.

En una pared de la galería leemos un pensamiento del personaje Peter Pan: “Sabía que no se había hecho de noche, pero había llegado algo tan oscuro como la noche”, al que le continúa precisamente Neverland, una enorme estructura de cajas de acrílico transparente en la que se encierran culeros desechables y juguetes rotos.

Una instalación que bien puede simular un anuncio comercial por su estructura de acrílico transparente que exhibe una colorida combinación lograda por el artista con culeros desechables y juguetes usados embutidos en el interior de cada letra, atractiva pieza cuya pulcra esteticidad establece un tremendo contraste con su mensaje sobrecogedor: todo fue una trampa: los niños quedaron atrapados en la Tierra del Nunca Jamás.

Pero quizá sea la instalación de 54 cuadros encerrando culeros desechables “Lesson for Cat from Hare” (La lección de gato por liebre), con rostros de animales, pintados en acuarela por el artista, con sus nombres en español y en inglés, o mejor, “Catorce mil cuarenta y ocho”, número que dibujan y diseñan sobre esta pared aquellos cuadros, en los que se refleja la cifra de niños salidos de Cuba bajo el conducto de la terrible operación Peter Pan.

Permítanme, en este punto, circunscribirme a dos obras fundamentales: “Elipsis” y “Peter Pan Am”, un tributo que hace Reyna a otra artista visual cubana, Ana Mendieta, quien sufrió en carne propia la cruel y absurda separación de su familia para convertirse en una niña Peter Pan.

Un pensamiento de Ana Mendieta expresa: “no existe un pasado original que deba redimir: existe el vacío, la orfandad, la tierra sin bautizo de los inicios, el tiempo que nos observa desde el interior de la tierra. Existe por encima de todo, la búsqueda del origen”.

Revelador y elocuente mensaje que explicita la problemática que vivieron estos pequeños.

Peter Pan Am es una extensa pieza, cuya silueta semeja uno de los aviones empleados en la operación para el traslado de los niños. La obra contiene un conjunto de 14 cuadros de conmovedores rostros y escenas de aquellos pequeños desamparados, dibujados sobre tela con tierra de Cuba.

En tanto, en “Elipsis”, una lúcida e inteligente mirada a través de dos pancartas -en óleo sobre tela-, que nos muestra, en una de ellas, el rostro de Ana Mendieta con la frase “Where is Ana Mendieta?”, y en la otra, Elián González en la que se inscribe: “¡Liberen a Elián!”

Por último, entre otras obras más, un conjunto instalativo de tres lienzos titulado Abandonar, con tres pensamientos martianos, recuérdese que El Apóstol también vivió la separación de su hijo: “Nunca deben los padres abandonar a otros el molde que acomodan el alma de sus hijos”. Una frase que te deja sin aliento, al saber que en la propaganda de aquella época se utilizó al Maestro para realizar la Operación Peter Pan.

Una audaz, retadora y conmovedora exposición la de Fernando Reyna con un exquisito valor artístico y profundidad simbólica: que nos hizo conocer o recordar historias, como la de aquella niña de 9 años que enterró en su jardín una bandera cubana, como un resguardo para regresar y recuperarla… pero no volvió jamás.

Con esta exposición se ratifica Reyna como un inquieto y medular artista a quien debemos seguir.