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Wendy sobre la Tierra del Nunca Jamás

Wendy Peñalver Sánchez 10 Dic 2018

La historiografía patria, para cada cubano que se precie de serlo, constituye base insoslayable en la conformación del legado cultural de la nación y de sus rasgos identitarios. Los sucesos y líderes que persisten en la memoria colectiva, como vestigios de la voracidad de nuestras gestas libertadoras, han inspirado a más de un pueblo y se han convertido en la bandera de esta pequeña Isla de cara al mundo. La historia, en Cuba, alcanza la connotación del ritual o de un hecho místico y dicta los latidos del corazón del país. No debe asombrar entonces que dentro del amplio panorama de las artes visuales, una de las líneas temáticas de mayor claridad y definición sea la enfocada en transitar, desde diferentes aristas, por el imaginario de lo histórico. Este concepto (historia), si bien es entendido en su acepción más simple y generalizada, como una narración veraz y ordenada de sucesos socioeconómicos, políticos y culturales que influyeron (influyen) en la marcha de la comunidad hacia el progreso1. En el campo de nuestra creación artística, como en el de otras tantas ramas de las ciencias sociales, ha alcanzado un sentido otro en el que se la entiende como un fenómeno plural y complejo, descentralizado, siempre puesto en función de una determinada finalidad.

Fernando Reyna (Granma, 1985), junto a otros creadores entre los que pueden mencionarse a José Manuel Mesías, Marcel Molina y Reynier Leyva Novo; forma parte de una “nueva generación” de artistas que se han dado a la tarea, a partir del desarrollo de poéticas muy diversas, de revisitar la historia nacional. Exponer sus zonas de vacío o dudosas, reconstruirla minuciosamente y conectar el pasado al presente, son algunas de las estrategias empleadas por ellos; como quien sabe que solo cerrando las puertas al olvido podemos salvarnos de la condena de repetir los hechos pretéritos. En este sentido, la obra de Reyna, en particular, se ha interesado con fuerza en traer a colación constantemente esa historia escindida entre el adentro y el afuera, entre los límites geográficos de la Isla y aquellos que de manera subjetiva han instaurado los que se han marchado de ella. Su quehacer supone un paso más en la reconstrucción de la historia migratoria de nuestro país.

Este es precisamente el tópico que aborda La tierra del nunca jamás, reciente muestra del artista exhibida en Galería Habana2, donde es exhumada una de las páginas más dolorosas de la historiografía cubana. Las constantes investigaciones de Reyna, unidas a su estreno como padre en el año 2017 y todo el sinnúmero de cambios y sensaciones que ha ello se encuentran ligadas, motivaron el acercamiento del artista a aquellos niños que fueron obligados a abandonar la Isla y han pasado a la historia como los Peter Pan. La tantas veces mencionada Operación –desarrollada entre diciembre de 1960 y octubre de 1962- fue organizada por el gobierno de Estados Unidos, la CIA, la Iglesia Católica y el exilio cubano y es muestra fehaciente de que en no pocas ocasiones la realidad puede superar la ficción.

A través del arte y sus códigos, Reyna construye una muestra que nos pone frente a un hecho una y otra vez digno de reflexión, de análisis, con toda la profundidad que ello requiere. No desde la postura del que enjuicia las acciones que no comparte; sino desde la mirada de quien pone los hechos nuevamente sobre la mesa para, con otra generación en la mirada, tratar de entender. Los términos medios suelen ser muchas veces criticados, mas en esta exposición el artista pareciera no tomar partido, se limita a mostrar, a presentar hechos y el resto queda a consideración de quien lo mire y según lo haga. Tal vez porque no se juzga a la ligera el trabajo más difícil del mundo (enfrentar la maternidad o la paternidad) o porque el dolor ajeno solo merece respeto.

Precisamente con esta idea de no elegir un bando está relacionada la manera en que el creador trabaja la muestra. El pasado está reconstruido a partir de diferentes aristas, sin que una u otra se privilegie, pues todas se unen en un mismo fin: permitir que se aprecie el fenómeno de la forma más abarcadora posible y en toda su magnitud. Es por ello que las piezas se centran tanto en las consecuencias y el peso emocional del hecho, como en todos aquellos factores que lo viabilizaron. Las obras aluden a las aerolíneas Pan Am y KLM (vuelos que llevaban a los niños a Miami y Florida), a Radio Swan (medio de difusión empleado en pos de estos fines), a los documentos que mediaban cada trámite, a cifras y a casos puntuales que ejemplifican dicha experiencia. Un afán que también quedó reflejado en la diversidad de soportes y materiales empleados por el creador. En la muestra de Reyna, cada idea encuentra la forma idónea para su contención, es así que Neverland se torna en la archiconocida valla Hollywoodense y Peter Pan Am, se transforma en un avión. Todo ello a partir del uso de materiales bien específicos, que aportan notable carga semántica a la exhibición. La tierra, el excremento infantil y los culeros desechables son los protagonistas en muchas de las piezas. Dialogan sobre lo propio, la Patria, la infancia, la protección –tanto la natural como esa que construimos-, e incluso conectan una situación pasada al momento actual -en el caso de los culeros desechables-. A ello debe sumársele igualmente la presencia de los textos, a partir de statements acompañantes de algunas de las obras o ya empleados como formas preponderantes en sí mismas. Cada elemento y su solución, otorga a la exposición una cubanía inexplicable y sentida que en las obras de Fernando Reyna se ha vuelto un lugar común.

Volver a recrear la visualidad de la muestra implica, para mí, no pasar por alto la obra Sacrificio, una instalación en la que un pequeño niño trabajado en terracota es situado frente a una cruz de madera que le sobrepasa en altura. La equiparación entre historia y religión nuevamente encuentra su eco en el arte cubano, solo que esta vez, el sacrificado, la figura que ocupa la posición de Cristo en la cruz, es un infante. Una imagen en sí misma dolorosa por que supone que quienes nacieron sin pecado alguno deban pagar culpas, por su implicación a los efectos de la Operación Peter Pan y un tanto más al recordar el día de la inauguración al propio niño del artista despedirse una y otra vez de la figura al tenerla en frente. Elipsis, por otro lado nos presenta dos lienzos montados a la manera de pancartas políticas en los que se aprecia la imagen del niño Elián y la de la artista cubano-americana Ana Mendieta. Ambos casos, diametralmente opuestos, ponen de relieve la materialización del mismo fenómeno de dos formas bien diferentes. Elián es el caso conocido, público, que conecta a las más jóvenes generaciones con un suceso que nos parece a todos tan lejano. Ana Mendieta el caso desconocido, privado, que jamás hubiera alcanzado a visibilizarse-como el resto de los niños Peter Pan- de no ser por el lugar alcanzado por la creadora dentro del mainstream nacional e internacional. Mientras que Lessons of cat for hare, retoma la retórica de las lecciones infantiles, a partir de 54 cuadros en los que se presentan culeros desechables intervenidos con animales y sus nombres escritos en ambas lenguas: español e inglés. Reyna presenta el idioma como una de las fragmentaciones más palpables asociadas a la migración. La ruptura entre el pensamiento formulado en el lenguaje natal y la voz que debe responder a las nuevas formas verbales impuestas, es en extremo complicada. Piénsese que en el caso de un niño, sin la presencia de su familia y ubicado en los más disímiles escenarios, ello supondría un esfuerzo casi impensable. Los cuadros, además, son resueltos de una manera que ya se ha hecho común en la obra de Reyna, a través de las cifras. Sobre la pared queda conformado el número 14 048, que no es otra que la cantidad de niños Peter Pan salidos de Cuba en solo dos años. La estadística, por muchos desconocida, funciona en este caso para concretar la magnitud del suceso, a la vez que para anclar la subjetividad del universo artístico, al estudio y el saber objetivo.

Con una curaduría impecable a la que poco o nada puede objetársele (Meira Marrero ha demostrado nuevamente que el arte de curar es lo suyo), se presenta La tierra del nunca jamás, una muestra que a partir de un suceso específico entronca también directamente con las nociones de Patria e identidad. Fernando Reyna toma pequeños fragmentos para reconstruir, o mejor “refrescar”, la memoria colectiva, rinde un bello homenaje a los niños Peter Pan y, desde el arte, los trae de vuelta al lugar del que nunca debieron haberse marchado.